—Usted no lo impedirá porque no podrá impedirlo.

La superiora se calló. Siguió el coche en su marcha pesada y monótona por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los Arcos.

Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y saltó del pescante.

—Tú—le dijo a Zalacaín en vascuence—tenemos un caballo aspeado, si pudieras cambiarlo aquí…

—Intentaremos.

—Y si se pudieran cambiar los dos, sería mejor.

—Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.

Desenganchó Martín los caballos y fué con ellos a la venta.

Le salió al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor. Le dijo Martín, lo que necesitaba, y ella replicó que era imposible, que el amo estaba acostado.

—Pues hay que despertarle.