Llamaron al posadero y éste presentó una porción de obstáculos, adujo toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martín se avino a obedecer y mandó despertar al mozo. El mozo no estaba.

—Ya ve usted, no está el mozo.

—Ayúdeme usted, no tenga usted mal genio—le dijo Martín a la muchacha tomándole la mano y dándole un duro—. Me juego la vida en esto.

La muchacha guardó el duro en el delantal, y ella misma sacó dos caballos de la cuadra y fué con ellos cantando alegremente:

La Virgen del Puy de Estella le dijo a la del Pilar: Si tú eres aragonesa yo soy navarra y con sal.

Martín pagó al posadero y quedó con él de acuerdo en el sitio en donde tenía que dejar los caballos en Logroño.

Entre Bautista, Martín y la moza, reemplazaron el tiro por completo. Martín acompañó a la muchacha, y cuando la vió sola la estrechó por la cintura y la besó en la mejilla.

—¡También usted es posma!—exclamó ella con desgarro.

—Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa sal—replicó Martín.

—Pues tenga usted cuidado no le haga daño.