—Vamos a ver a esas señoras—murmuró el vejete.

—¡Eh, Bautista! Ten cuidado—dijo Martín en vasco.

Descendió Urbide del pescante y tras él saltó el demandadero. El viejo jefe de la patrulla abrió la portezuela del coche y echó la luz del farol al rostro de las viajeras.

—¿Quiénes son ustedes?—preguntó la superiora con presteza.

—Somos voluntarios de Carlos VII.

—Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas.

No acababa de decir esto cuando Martín dió una patada al farol que llevaba el viejo, y después de un empujón echó al anciano respetable a la cuneta de la carretera. Bautista arrancó el fusil a otro de la ronda, y el demandadero se vió acometido por dos hombres a la vez.

—¡Pero si yo no soy de estos. Yo soy carlista—gritó el demandadero.

Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacaín, éste cerró contra los dos; uno de los voluntarios le dió un bayonetazo en el hombro izquierdo, y Martín, furioso por el dolor, le tiró una estocada que le atravesó de parte a parte.

La patrulla se había declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo.