—¿Estás herido?—preguntó Bautista a su cuñado.
—Sí, pero creo que no es nada. Hala, vámonos.
—¿Llevamos este fusil?
—Sí, quítale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando.
Bautista entregó un fusil y una pistola a Martín.
—Vamos, ¡adentro!—dijo Martín al demandadero.
Éste se metió temblando en el coche que partió, llevado al galope por los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgón de artillería. A la media hora Bautista se paró. Se había roto una correa y tuvieron que arreglarla, haciéndole un agujero con el cortaplumas. Estaba cayendo un chaparrón que convertía la carretera en un barrizal.
—Habrá que ir más despacio—dijo Martín.
Efectivamente, comenzaron a marchar más despacio, pero al cabo de un cuarto de hora se oyó a lo lejos como un galope de caballos. Martín se asomó a la ventana; indudablemente los perseguían.
El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos.