—¡Alto! ¡Alto!—se oyó gritar.
Bautista azotó los caballos y el coche tomó una una carrera vertiginosa. Al llegar a las curvas, el viejo landó se torcía y rechinaba como si fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero gemía en el fondo del coche.
—¡Alto! ¡Alto!—gritaron de nuevo.
—¡Adelante, Bautista! ¡Adelante!—dijo Martín, sacando la cabeza por la ventanilla.
En aquel momento sonó un tiro, y una bala pasó silbando a poca distancia. Martín cargó la pistola, vió un caballo y un ginete que se acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cayó pesadamente al suelo. Los perseguidores dispararon sobre el coche que fué atravesado por las balas. Entonces Martín cargó el fusil y, sacando el cuerpo por la ventanilla, comenzó a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas de los caballos; los que les seguían disparaban también, pero la noche estaba negra y ni Martín ni los perseguidores afinaban la puntería. Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope; ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.
Al amanecer cesó la persecución. Ya no se veía a nadie en la carretera.
—Creo que podemos parar—gritó Bautista—. ¿Eh? Llevamos otra vez el tiro roto. ¿Paramos?
—Sí, para—dijo Martín—; no se ve a nadie.
Paró Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa.
El demandadero rezaba y gemía en el coche; Zalacaín le hizo salir de dentro a empujones.