—Anda, al pescante—le dijo—. ¿Es que tú no tienes sangre en las venas, sacristán de los demonios?—le preguntó.
—Yo soy pacífico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer daño a nadie—contestó refunfuñando.
—¿No serás tú una monja disfrazada?
—No, soy un hombre.
—¿No te habrás equivocado?
—No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor.
—Eso no impedirá que te metan unas píldoras de plomo en esa grasa fría que forma tu cuerpo.
—¡Qué horror!
—Por eso debes comprender, hombre linfático, que cuando se encuentra uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterías ni con rezos.
Las palabras rudas de Martín reanimaron un poco al demandadero.