Al subir Bautista al pescante, le dijo Martín:
—¿Quieres que guíe yo ahora?
—No, no. Yo voy bien. Y tú, ¿cómo tienes la herida?
—No debe de ser nada.
—¿Vamos a verla?
—Luego, luego; no hay que perder tiempo.
Martín abrió la portezuela, y, al sentarse, dirigiéndose a la superiora, dijo:
—Respecto a usted, señora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a un árbol y a dejarla en la carretera.
Catalina, asustadísima, lloraba. Bautista subió al pescante y el demandadero con él. Comenzó el carruaje a marchar despacio, pero, al poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos.
Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados.