—Vamos, Bautista, un esfuerzo—grito Martín, sacando la cabeza por la ventanilla—. ¡Así! Echando chispas.
Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el látigo. El coche pasaba con la rapidez de una exhalación, y pronto dejó de oirse detrás el ruido de pisadas de caballos.
Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrían a impulsos del viento, y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo en un alto. Debía de ser Viana.
Al acercarse a él, el coche tropezó con una piedra, se soltó una de las ruedas, la caja se inclinó y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron revueltos en el barro. Martín se levantó primero y tomó en brazos a Catalina.
—¿Tienes algo?—la dijo.
—No, creo que no—contestó ella, gimiendo.
La superiora se había hecho un chichón en la trente y el demandadero dislocado una muñeca.
—No hay averías importantes—dijo Martín—.¡Adelante!
Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos.
—Desengancharemos y montaremos a caballo—dijo Bautista.