—Yo no. Yo no me muevo de aquí—replicó la superiora.
La llegada del coche y su batacazo no habían pasado inadvertidos, porque, pocos momentos después, avanzó del lado de Viana media compañía de soldados.
—Son los guiris—dijo Bautista a Martín.
—Me alegro.
La media compañía se acercó al grupo.
—¡Alto!—gritó el sargento—. ¿Quién vive?
—España.
—Daos prisioneros.
—No nos resistimos.
El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar carlista, a dos monjas y a sus acompañantes llenos de barro.