—Sí, es mi mujer.
El oficial accedió y pasó a los dos a un cuarto destartalado que servía para los oficiales.
La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas atenciones y quedaron en el cuartelillo.
Un sargento viejo, andaluz, se amarteló con la superiora y comenzó a echaría piropos de los clásicos; la dijo que tenía loz ojoz como doz luceroz y que se parecía a la Virgen de Conzolación de Utrera, y le contó otra porción de cosas del repertorio de los almanaques.
A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzó a reirse con una risa contenida.
—A ver zi te callaz; cochino carca—le dijo el sargento.
—Si yo no digo nada—replicó Bautista.
—Zi te siguez riendo azí, te voy a clavá como a un zapo.
Bautista tuvo que ir a un rincón a reirse, y la superiora y el sargento siguieron su conversación.
Al mediodía llegó un coronel, que al ver a Martín le saludó militarmente. Martín le contó sus aventuras, pero el coronel al oírlas frunció las cejas.