—A estos militares—pensó Martín—no les gusta que un paisano haga cosas más difíciles que las suyas.
—Irán ustedes a Logroño y allí veremos si identifican su personalidad.
¿Qué tiene usted? ¿Está usted herido?
—Sí.
—Ahora vendrá el físico a reconocerle.
Efectivamente, llegó un doctor que reconoció a Martín, le vendó, y redujo la dislocación del mandadero, que gritó y chilló como un condenado. Después de comer trajeron los caballos del coche, les obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compañía tomaron el camino de Logroño.
Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porción de lavanderas y de mujeres de carabineros salieron a ver la extraña comitiva, y varias de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigiéndose a la monja:
Ahora sí que estarás contentona
Carlistona, mandilona;
Ahora sí que estarás contentón
Carlistón, mandilón, cobardón.
La pobre superiora estaba lívida de rabia. Martín y Bautista se miraban con cierto cómico estupor.
En Logroño pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martín a ver al general. Le contó Zalacaín sus aventuras, y el general le dijo:
—Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto, inmediatamente dejaría libre a usted y a sus compañeros.