—Amigo Zalacaín, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer con ellas.
Martín explicó a su novia como no le era posible desatender la invitación, y dejando a Bautista y a Catalina fué en compañía del oficial.
La casa de la señora de Briones estaba en una calle céntrica, con soportales.
Rosita y su madre recibieron a Martín con grandes muestras de amistad. La aventura de su llegada a Logroño con un una señorita y una monja había corrido por todas partes.
Madre é hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martín tuvo que contar sus aventuras.
—¡Pero qué muchacho!—decía doña Pepita, haciéndose cruces—. Usted es un verdadero diablo.
Después de comer vinieron unas señoritas amigas de Rosa Briones, y Martín tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se habló de sobremesa y se cantó. Martín pensaba: ¿Qué hará Catalina? Pero luego se olvidaba con la conversación.
Doña Pepita dijo que su hija había tenido el capricho de aprender la guitarra é incitó a Rosita para que cantara.
—Sí, canta—dijeron las demás muchachas.
—Sí, cante usted—añadió Zalacaín.