Rosita sacó la guitarra y cantó algunas canciones, acompañándose con ella, y luego, como en honor de Martín, entonó un zortzico con letra castellana, que comenzaba así:
Aunque la oración suene
Yo no me voy de aquí;
La del pañuelo rojo
Loco me ha vuelto a mí.
Y el estribillo de la canción era:
Aufa que el campanero
La oración va a tocar,
Aufa que yo te quiero
Maitia, maitia, ven acá.
Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martín de tal manera con los ojos brillantes y negros, que él se olvidó de que le esperaba Catalina.
Cuando salió de casa de la señora de Briones, eran cerca de las once de la noche. Al encontrarse en la calle comprendió su falta brutal de atención. Fué a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La mayoría estaban cerrados. En uno del Espolón le dijeron: «Aquí ha venido una señorita, pero está descansando en su cuarto.»
—¿No podría usted avisarla?
—No.
Bautista tampoco parecía.
Sin saber qué hacer, volvió Martín a los soportales y se puso a pasear por ellos. Si no fuera por Catalina—pensó—era capaz de quedarme aquí y ver si Rosita Briones está de veras por mí, como parece.