Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de criado, se paró ante él y le dijo:
—¿Es usted don Martín Zalacaín?
—El mismo.
—¿Quiere usted venir conmigo? Mi señora quiere hablarle.
—¿Y quién es la señora de usted?
—Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia.
—¿Una amiga de mi infancia?
—Sí.
—Es posible—pensó Zalacaín—. Si habré conocido en mi infancia a alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi amiga—dijo en voz alta.
El criado siguió por los soportales, torció una esquina, y en una casa grande empujó la puerta y entró en un zaguán elegante, iluminado por un gran farol.