—Pase el señorito—dijo el criado indicándole una escalera alfombrada.
—Debe haber una equivocación—pensó Martín—. No es posible otra cosa.
Subieron la escalera, el criado levantó una cortina y pasó Zalacaín. Sentada en un sofá y hojeando un álbum, había una mujer desconocida, una mujer pequeña, delgada, rubia, elegantísima.
—Perdone usted, señora—dijo Martín—, creo que usted y yo somos víctimas de una equivocación…
—Yo, por mi parte, no—contestó ella riendo, con una risa zumbona.
—¿Quiere algo más la señora?—preguntó el criado.
—No, pueden ustedes retirarse.
Martín quedó asombrado. El criado echó la pesada cortina y quedaron solos.
—Martín—dijo la dama, levantándose de su silla y poniéndole las manos pequeñas en sus hombros—. ¿No te acuerdas de mí?
—No, la verdad.