—¿Y por qué?

—Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, así como dura…

—¿Y ahora no?

—Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.

La muchacha se ruborizó sonriendo.

—La verdad es—dijo Bautista—que has tenido suerte. Esta señorita te ha cuidado como a un rey.

—¡Qué menos podía hacer por uno de nuestros salvadores!—exclamó ella ocultando su confusión—. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer día es demasiado.

—Una pregunta sólo—dijo Martín.

—Veamos la pregunta—contestó ella.

—Quisiera saber cómo se llama usted.