—Voy a encerraros esta noche mismo con el condenado a muerte.

—¡Ah! ¿queréis ponerme a prueba?

—Precisamente. Y estoy seguro de que mañana me haréis llamar a toda prisa.

—¿Para que?

—Para revelar todo lo que sabéis e implorar la clemencia de vuestros jueces.

—Pues bien, le respondí, si tal es vuestra convicción, hagamos la prueba; no tengo inconveniente.

El buen gobernador se levantó enajenado de gozo.

—Voy a dar las órdenes necesarias, me dijo.

Y me estrechó la mano, llamándome de nuevo su muy querido amigo.

Después de lo cual se fue, no sospechando siquiera el pobre hombre que acababa de ofrecerme espontáneamente lo mismo que yo iba a pedirle.