Yo hice un signo de cabeza afirmativo, y el carcelero, tan simple y cándido como su jefe, me sacó de mi calabozo, que estaba situado en el primer piso, me guió hasta el piso bajo, y abrió delante de mí la puerta del calabozo donde estaba encerrado el marido de Betzy-Justice.
Al ruido que hicimos al entrar, el infeliz se levantó sobresaltado.
Yo le hice una seña con disimulo, recomendándole el silencio, y él me respondió con otra, indicando que había comprendido.
Por lo demás, ya había adivinado que iban a darle un compañero, pues una hora antes habían traído a su calabozo un catre y un colchón, con los demás aprestos de una cama.
Bien pronto nos encontramos solos.
—¿Y bien? le dije, ya lo veis; he cumplido mi palabra y tenemos toda la noche por nuestra.
—Ya sé que podéis hacer cuanto queréis, me respondió con cándida admiración.
—Ahora, le dije, estoy, dispuesto a oír vuestra historia.
Como debes comprender muy bien, no dormimos en toda la noche.
Al día siguiente, al amanecer, vino el carcelero a buscarme.