—No llores, amiga mía; el caso no es tan desesperado; ¿no ves la calma de ese hombre?....
En efecto, Rocambole estaba tan tranquilo en este momento, como si se encontrase aun en la sala del gobernador de Newgate.
—Marmouset, dijo en fin, y tú Milon, escuchadme.
—Decid, capitán.
—¿No oís un ruido sordo?
—Sí.
—Es el Támesis, que se halla a poca distancia de nosotros.
—En efecto, así parece, dijo Milon.
—Examinad ahora la bóveda de esta galería... ¿Veis? está abierta en la roca.
—Sí, en la peña viva, repuso Marmouset, y como el enorme trozo que se ha desprendido es de la misma materia, no hay medio de pasar adelante.