Y se puso a explorar atentamente su estrecha prisión.
Como ya sabemos, dos enormes peñascos cerraban la galería.
Rocambole, después de haberse orientado un instante, se dirigió hacia el que había caído detrás de ellos, que era precisamente el sitio por donde habían desaparecido los dos puntos luminosos.
La peña presentaba en su centro un ángulo saliente, que era sin duda donde el gato se había detenido.
Rocambole subió a aquella especie de repisa, y afirmándose en ella, levantó la cabeza.
Entonces vio un espacioso agujero, que la peña no permitía descubrir desde abajo, y que se abría en la bóveda de la galería.
—Sube, dijo a Milon.
Este se apresuró a obedecer y se colocó también en la parte saliente de la peña.
—Toma la antorcha, añadió Rocambole. Ya me la pasarás después.
Milon la tomó, y Rocambole, alzándose por las asperezas de la piedra, trepó con la ligereza de un clown sobre los robustos hombros del coloso, y la mitad de su cuerpo desapareció por el agujero.