Aquel sitio no era otra cosa que una de esas largas y espaciosas bodegas, que los fabricantes de cerveza de Londres poseen a orillas del Támesis.

El suelo de aquella cueva se había hundido en el momento de la explosión, pues la hendedura por donde había entrado Rocambole no existía antes seguramente.

Y aun era muy probable que el cervecero a quien pertenecía la bodega, no había sospechado jamás que se hallaba sobre un subterráneo.

Rocambole volvió a desandar lo andado, y se sentó en el borde del agujero, dejando colgar las piernas hacia fuera.

—Agárrate a uno de mis pies, dijo a Milon, y sube.

El gigante, que había permanecido inmóvil en la salida de la peña, se asió a una de las piernas de Rocambole, y este le levantó, desplegando la extraordinaria fuerza muscular que ocultaba bajo su apariencia delicada y casi débil.

Milon pudo alcanzar así el borde de aquella entrada, y ayudándose con pies y manos, pronto estuvo al lado de Rocambole.

Este le dijo entonces:

—Ahora, sigamos adelante, y de seguro acabaremos por encontrar una puerta.

La cueva formaba al principio un pasadizo estrecho, y al cabo de pocos pasos se ensanchaba considerablemente, pero se hallaba ocupada por una doble hilera de toneles.