Y siguieron avanzando, hasta que al fin Rocambole se detuvo y apagó la antorcha.

—¿Qué hacéis, capitán? preguntó Milon.

—Un acto de prudencia, respondió Rocambole.

—¡Ah!

—Estamos en una cueva que sirve de almacén de depósito.

—Así me lo parecía.

—Y este almacén tiene una puerta que se halla abierta a unos treinta pasos de nosotros, y por la cual se entreve el cielo.

—Bueno, ¿y qué?

—Que no tenemos necesidad de luz, y que es inútil el que nos vean desde afuera.

—Es verdad.