Rocambole se adelantó entonces resueltamente, y en fin llegaron a aquella puerta, cuyos dos postigos se hallaban abiertos.
Algunas luces brillaban acá y allá a través de la niebla, y el Támesis resonaba abajo.
Rocambole se detuvo en el dintel de la puerta, y avanzando la cabeza exclamó:
—¡Esta puerta es una ventana!
—¡Calla! es verdad! dijo Milon.
Efectivamente, las aguas del Támesis rasaban el pie del muro a unos veinte pies por bajo de la ventana y apenas si se veía a lo lejos la opuesta orilla.
Aquella ventana se encontraba a la altura del primer piso de una casa, cuyos cimientos se hallaban al nivel del lecho del río.
La ciudad de Londres no tiene muelles ni malecones, excepto en el paraje que la sirve de puerto.
Durante el reflujo o la marea baja, el Támesis deja al retirarse un espacio descubierto, cuya anchura varía entre diez o quince pies; pero durante la marea alta, todo ese espacio se halla cubierto, y las aguas del río vienen a batir los muros de las casas, cuyos primeros pisos sirven generalmente de almacenes.
—¿Qué hacer? dijo Milon.