Milon no respondió, pero exhaló un profundo suspiro.
Aquella última hora que le separaba aún de la libertad, le parecía demasiado larga.
Rocambole se echó a reír.
—Hace poco, le dijo, nos hallábamos presos en un subterráneo, con la agradable perspectiva de morir de hambre; y ahora que se aproxima el momento de nuestra libertad, y que aspiramos el aire libre, no estás contento.
—Tenéis razón, capitán, dijo Milon. Al fin acabaré por convencerme de que soy un bruto.
—Un poco de paciencia, amigo mío, repuso Rocambole. Y ahora, para que el tiempo te parezca menos largo, voy a continuar mi historia.
—¿Vais a confiarme el secreto del marido de Betzy-Justice?
—No, todavía no.
—¡Ah!
—Voy a hablarte primero de su ejecución.