—¿No es verdad que es un horrible espectáculo el que presenta un hombre que va a morir?

Así trascurrían monótonamente los días.

Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a mi calabozo.

—¿Sabéis que es para mañana? me dijo.

—¿Qué?

—La ejecución del reo.

—¡Ah! pobre hombre!

—¿Persistís en ver la ejecución?

—¿Qué duda tiene?

—Entonces, es necesario que cambiéis de calabozo.