—Más tarde.

—¡Ah! exclamó Milon con despecho.

—Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aquí el día.

—Bien, pero ¿adónde iremos?

—No lo sé, ya pensaremos en ello después. ¡Vamos! sígueme!

Y Rocambole, asiéndose al borde de la ventana, se arrojó al Támesis, cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.

Milon no tardó en seguirle.

Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en dirección del puente de Londres.


XI