En seguida se acercó a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo particular.

Así se pasaron algunos minutos.

La casa permanecía en tanto silenciosa, y no aparecía luz en ninguna ventana.

—Parece que duermen bien, exclamó Marmouset impaciente.

—Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.

Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del primero.

Esto fue también en vano: ni ruido, ni luz respondió a este llamamiento.

—Pero... ¿esta casa está desierta? exclamó Vanda.

—No, repuso el jefe fenian.

Y golpeó por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.