Entonces apareció de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se oyó un paso lento y mesurado que venía del interior.

Poco después, en fin, se abrió la puerta, y Marmouset y Vanda vieron aparecer un hombre de pequeña estatura, pero recio de miembros y vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba rojos e incultos, y que venía a medio vestir y con una linterna en la mano.

Este singular individuo era master Farlane.

El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rápido.

Farlane respondió con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se serenó inmediatamente, y franqueó el paso con cortesía.

Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerró la puerta.

Después vino al jefe fenian y fijándose en él:

—¿Y bien? le dijo, ¿la explosión ha dado buen resultado?

—No, respondió el jefe.

—Sin embargo, prosiguió Farlane, yo he creído que la mitad de Londres se desplomaba.