Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el vestíbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrás de él, pudieron ver entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.
El jefe fenian cerraba la marcha.
Así bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron delante de una nueva puerta.
Esta daba a una estrecha galería que se perdía en la oscuridad; y al entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta ráfaga de aire que les hirió momentáneamente el rostro.
A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.
El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:
—Ahora, orientaos, y ved si vuestros cálculos son exactos.
Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tomó la linterna que llevaba Farlane.
—Esperadme aquí, dijo.
Y se adelantó solo en dirección del sitio de donde venía el aire frío y húmedo.