Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergón extendido en el suelo, y parecía hallarse en un estado de postración extrema.

Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dejó escapar un grito de espanto.

—¡Ah! exclamó, ¿venís acaso a buscarme, a mi también, para encerrarme en la cárcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habéis colgado a él?—¡Oh! no vale la pena, añadió, miradme bien, y veréis que me estoy muriendo.

—Os engañáis, pobre Betzy, respondió Marmouset; nosotros no somos agentes de justicia, sino amigos vuestros.

—¡Ah!... ¿no me engañáis? dijo la vieja.

Y sacando sus manos descarnadas, separó con los dedos la maraña de cabellos canos que le cubrían la frente.

—De veras..... bien de veras, ¿no me engañáis? repitió.

—No; nosotros somos amigos y compañeros del Hombre gris.

Este nombre arrancó a la vieja una exclamación de alegría.

—¿Del Hombre gris? dijo, ¿del Hombre gris?