Allí halló en efecto un cab, y subiendo en él, dijo al cochero:

—Saint-George-Church.

—¿En el Southwarck? preguntó el cabman.

—Sí. Y tendrás seis peniques de propina si me llevas a buen paso.

El cabman dio riendas a su trotón irlandés y salió a escape.

La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos después el cab se detenía delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia católica.

Shoking se apeó y atravesó el cementerio.

Después, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se dirigió al postigo que daba acceso a la sacristía.

Nada había sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.

Tal como lo hemos visto en otra ocasión, tal se encontraba ahora, y el mismo viejo sacristán que conocemos guardaba el santuario, y venía a abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.