—Una persona basta para poner fuego, y esa persona seré yo.

—¿Quién?... ¡vos! exclamaron a la vez Milon, Vanda y Marmouset.

—Yo, repitió tranquilamente Rocambole, sonriéndose de una manera desdeñosa. He sido y soy aún, según vosotros, vuestro jefe. En su consecuencia, cuando yo ordeno debéis obedecer. ¡Manos a la obra!


II

Esta órden no tenía réplica para aquellos hombres acostumbrados toda su vida a seguir las inspiraciones de un jefe que había logrado fanatizarlos.

En cuanto a William y Polito se hallaban dominados por aquella situación extraña.

Además, la hora del peligro estaba lejos aún.

Así Marmouset se contentó con inclinarse hacia Milon, diciéndole al oído:

—Trabajemos en levantar el terraplén, y luego veremos.