—Un poco, respondió Shoking.
—¿Por qué?
—Porque..... de seguro, los papeles están en el ataúd.
—Es probable.
—¡Oh! exclamó Shoking, yo no podré nunca poner mis manos sobre un cadáver..... ¡oh!... ¡no!
Marmouset no respondió una palabra y descendió a la fosa.
La oscuridad era allí tan profunda, que no veía nada absolutamente, pero trató de suplir la vista con el tacto.
Tocó en todos sentidos el féretro, y encontró en uno de sus costados un tornillo, luego otro y en fin, cuatro.
En Londres no se clavan los féretros, sino que se cierran con tornillos.
Marmouset sacó inmediatamente un cortaplumas que contenía muchas hojas, y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvió de ella como de un destornillador.