Shoking se separó a un lado, apartándose de la sepultura.
El abate Samuel, por su parte, permaneció al borde de la fosa, prestando cuidosamente el oído, y con la vista fija en la verja del cementerio, escrutando también de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.
El cementerio no tenía guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas, y además podía suceder que algún fenian tuviese el capricho de venir allí, penetrando por el mismo camino que ellos habían traído.
Afortunadamente la operación no fue larga.
En menos de diez minutos Marmouset logró sacar los cuatro tornillos.
—Está hecho, dijo.
Shoking retrocedió algunos pasos más y volvió a otro lado la cabeza.
Marmouset levantó entonces con cuidado la tapa del ataúd.
—¡Ah! exclamó, puedes venir, Shoking.
—¿Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.