—El ataúd está vacío.
—¿Vacío?
El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.
—No hay ningún cadáver, añadió Marmouset.
—¿Ni papeles tampoco?
—¡Ah! sí..... creo que sí.
Y Marmouset encontró en efecto, en un rincón de aquel féretro vacío, un paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre negro.
En seguida echó el paquete al abate Samuel, y cerrando el ataúd, sin detenerse en colocar de nuevo los tornillos, saltó vivamente fuera de la fosa, y ayudó al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de modo que no se conociera la aparente profanación que acababan de llevar a cabo.
El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos después llegaban al public-house, salían en seguida de él furtivamente, y se dirigían a toda prisa hacia Adam street.
Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.