—Ahora, a construir el muro, dijo Rocambole.

Y consultó su reloj.

Todos llevaban antorchas encendidas.

Rocambole ordenó apagarlas, como ya lo habían hecho los tres que le habían ayudado a trasportar el barril.

—Una sola basta, añadió apoderándose de la que tenía Marmouset y entregándola a Paulina, que debía alternar con Vanda para alumbrar a los trabajadores.

—El capitán es precavido, murmuró Milon.

—Hace bien, respondió Marmouset en voz baja. Estamos obligados a permanecer aquí siete u ocho horas al menos, y si gastamos todas las antorchas a la vez, corremos el riesgo de quedarnos en tinieblas.

En seguida, dando Rocambole el ejemplo, todos pusieron manos a la obra.

Los peñascos y escombros esparcidos acá y allá, fueron trasportados por los compañeros de Rocambole, y a medida que llegaban, este y Milon, haciendo el oficio de albañiles, los iban colocando, igualándolos con sus piquetas en caso de necesidad, y afirmándolos con tierra y casquijo.

El muro subía poco a poco.