Cuando llegó a dos pies del suelo, tomaron la mecha con precaución y la alargaron añadiendo la camisa de algodón de Juan el Carnicero, cortada en tiras muy delgadas.

Después la hicieron pasar por encima del muro, dejándola colgar hacia fuera.

Rocambole dispuso alrededor de ella varias piedras pequeñas, formando así en todo el espesor del muro un estrecho agujero semejante al oído de un cañon.

Hecho esto, y protegida así perfectamente la mecha, continuaron con grande actividad el muro.

Cada uno traía a toda prisa su piedra, y la muralla iba subiendo, subiendo... más rápidamente de lo que habían creído.

Cuatro horas después, tocaba ya a lo alto de la bóveda.

De este modo, quedó encerrado el barril de pólvora entre el peñon que obstruía el subterráneo y el muro o terraplén que acababan de construir, y que tendría diez o doce pies de espesor.

Según los cálculos de Rocambole, debía tener una fuerza de resistencia triple de la del peñasco.

Concluido todo, Rocambole consultó su reloj.

—¿Ha llegado el momento? preguntó Milon.