Y como ella le mirase con angustia:
—Aun dado caso, prosiguió, de que mi hermano consintiese en cederme su derecho, nuestras dos familias no accederían jamás a nuestra unión. Soy hijo segundo, y de consiguiente estoy desheredado de los bienes y títulos de mi casa.
Y exhaló un profundo suspiro.
Miss Evelina le escuchaba con la cabeza baja y derramando abundantes lágrimas.
Sir Jorge continuó después de un momento de silencio:
—Hoy mismo partiré de aquí.
—¿Y adónde iréis? preguntó la joven temblando.
—Primero, a Londres.
—¿Y después?
—Iré a reunirme con mi hermano en la India.