Miss Evelina poseía en alto grado la virtud y el sentimiento de dignidad de las mujeres de raza; así supo dominar su emoción, y tendiendo la mano a sir Jorge, le dijo:
—¡A Dios!..... ¡A Dios para siempre!
Sir Jorge tenía entonces diez y nueve años; la edad de la abnegación y de los sentimientos caballerescos.
De consiguiente aquel mismo día partió de Old-Pembleton.
Seis meses después, lord Pembleton murió, y su hijo sir Evandale heredó sus inmensos bienes, su título y su puesto en la Cámara de los lores.
Pero no se vuelve de las Indias en un día, y hacía ya cerca de un año que sir Jorge había partido, cuando lord Evandale llegó a Inglaterra.
Miss Evelina había tomado al principio la resolución de echarse a los pies de lord Evandale, de confesárselo todo y de suplicarle que renunciase a su mano.
Pero esta resolución debió ceder ante la voluntad inflexible de lord Ascott.
Un año después de los funerales del padre de sir Evandale, miss Evelina había enajenado su libertad y se llamaba lady Pembleton.
El tiempo mitiga las penas más profundas y cicatriza todas las heridas.