No podía saberlo hasta abrir un pliego sellado que contenía sus instrucciones, y del que no debía tomar conocimiento sino cuando se hallara en las aguas de la isla de Madera.
Las mujeres de los marinos se acostumbran forzosamente desde luego a esas crueles separaciones, cuyo término no es siempre seguro.
Lady Evelina se resignó pues, y el commodoro partió.
Hallábanse entonces en medio del verano, y la estación, como dicen los Ingleses, se encontraba en todo su esplendor.
Naturalmente, Lady Pembleton, al separarse de su marido, había dejado su magnífico dominio de los montes Cheviot, para venir a habitar su palacio del West-End, de Londres, en Kensington-Road.
Kensington-Road es una ancha y bellísima avenida, formada exclusivamente por las moradas señoriales de las grandes familias de Londres; y que corre paralela a Hyde-Park.
Cada uno de esos palacios tiene un jardín, que no está separado de Hyde-Park sino por una verja, y cada propietario tiene una llave de la suya, lo que le permite comunicar con el jardín público.
Lady Pembleton estaba pues en Londres.
Pero desde la partida de su marido, nadie la había visto en ninguna parte.
Vivía constantemente encerrada, ocupándose de su hijo, que tenía entonces cerca de dos años, y leyendo con avidez los periódicos que podían darla noticias del Minotauro.