Este era el buque que mandaba lord Evandale.

Así vivía siempre sola, suspirando por la vuelta del ausente.

Pero la soledad es mala consejera.

Más de una vez, el recuerdo de sir Jorge, poco antes casi olvidado, había venido a turbar el espíritu de lady Pembleton y la aparente tranquilidad de que gozaba.

En fin, una noche, lady Evelina, que ocupaba las habitaciones de verano de su palacio, se hallaba sentada junto a una ventana del piso bajo que daba a los jardines.

Aquel día era domingo, y el domingo es un día bien triste en Londres.

El calor había sido excesivo, pero la noche era fresca, y la pobre joven respiraba con un placer melancólico el dulce perfume de las primeras brisas.

La noche era oscura y el jardín estaba desierto.

Más allá del jardín se descubría Hyde-Park, también solitario, y perdido en la oscuridad bajo sus sombrías alamedas.

Lady Evelina se hallaba con la vista fija en aquel melancólico paisaje, cuando de repente vio agitarse una sombra y salir de la espesura.