—¡Por mí! exclamó lady Pembleton acometida de un nuevo temor.
Y hablándole con un acento de dignidad que no excluía la benevolencia, añadió:
—¿Es posible, Jorge?... ¿Osáis hablarme de ese modo?... ¿a mí?...
—Evelina, yo os amo.......
—¡Callad!
—Hace tres años, Evelina... desde que me separé de vos.... mi vida es un perpetuo combate de cada hora, de cada minuto; un suplicio sin nombre; una tortura eterna.
—¡Pero, desgraciado!... ¿Habéis olvidado que soy la mujer de vuestro hermano?
—Mi hermano está lejos de aquí.
Lady Evelina dejó escapar un grito de terror.
—¡Oh!... ¿lo sabíais? exclamó.