—Todo el fuego del infierno se ha concentrado en mi corazón, respondió con exaltación sir Jorge.
—Pues bien, puesto que me amáis, respetadme: salid de aquí, y no volváis hasta mañana... pero en medio del día, a vista de todo el mundo, y por la puerta principal de este palacio, que es la morada de vuestro hermano.
El joven soltó una carcajada cruel.
—¡Oh! no, no! exclamó. No he venido de tan lejos para que me hagáis poner a la puerta por vuestros lacayos.
Lady Evelina sintió toda su sangre refluir a su corazón, y el rubor de la vergüenza coloró vivamente su rostro.
Y como sir Jorge la cogiese al mismo tiempo las manos, ella se soltó con indignación, y corrió al otro extremo del cuarto gritando:
—¡Salid!... salid de aquí!... os lo ordeno!
El joven respondió con una nueva carcajada.
—¡Salid!... repitió lady Evelina.
—No... yo os amo.