—Alejaos o llamo a mis criados.
Sir Jorge, sin dejar de sonreírse, dio un paso hacia ella.
Entonces lady Pembleton corrió a la chimenea, y cogiendo el cordón de la campanilla que pendía al lado del espejo, tiró de él con violencia.
Pero la campanilla no resonó como de costumbre.
—Podéis llamar cuanto os plazca, dijo el joven. El cordón está cortado.
Lady Evelina arrojó un grito desesperado.
—¡A mí!... ¡a mí! exclamó.
Sir Jorge se adelantó hacía ella.
—¡A mí!... ¡socorro! gritó lady Evelina.
—No gritéis inútilmente: vuestros criados han salido, y estamos solos en la casa.