Lord Evandale no llegó ni aun a sospechar que había dejado por un momento las Indias para volver a Europa.

Alarmado de la palidez de su esposa y del estado de postración física y moral en que se hallaba, el noble lord consultó uno por uno todos los médicos célebres de Londres.

Los médicos convinieron en que se hallaba atacada de una enfermedad de languidez puramente nerviosa, y aconsejaron un viaje por Italia.

Lady Evelina partió con su marido.

Pasó un mes en Nápoles, otro en Roma, Milan y Venecia, y volvió a Londres más enferma, más desalentada y cansada de la vida.

Dos seres solamente lograban arrancarle una sonrisa.

El uno era Tom, su hermano de leche.

El otro su hijo mayor, el primogénito que debía heredar un día la inmensa fortuna de lord Evandale y sucederle en sus cargos y dignidades.

En cuanto a su segundo hijo, la pobre joven no podía contemplarlo un momento sin que lágrimas de vergüenza viniesen a arrasar sus ojos.

Apenas acababan de llegar de Italia, cuando fue declarada la intervención anglo-francesa en favor de la insurrección griega.