Hay también maestras de niños, siniestras industriales cuyo tipo sólo florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Támesis las pobres criaturas que les confiaran en secreto.

El día menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a reclamarlos.

Es necesario pues que estén preparadas para poder reemplazar con niños robados, los que han dejado de existir después de largo tiempo, y cuya pensión se ha cobrado religiosamente.

Y en fin, hay además los gitanos, los saltimbanquis y los cómicos de la legua, que andan siempre a caza de niños y los roban con una destreza admirable.

Pero Tom no pensó un solo momento en los mendigos, gitanos ni saltimbanquis.

Su primera idea fue justa y lógica.

—El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la marina real.

Mucho tiempo hacía que sir Jorge no se veía en Londres, ostensiblemente al menos.

Lady Evelina no lo había vuelto a ver desde la noche fatal.

Pero Tom había visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park, y—aunque aquel hombre iba vestido como un rough,—Tom lo había reconocido.