—¿Y después?
—Muy sencillo. Los tigres harán desaparecer el cadáver del que sucumba en la demanda.
—Aceptado, dijo sir Jorge.
Al día siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el bosque a la hora indicada.
¿Qué sucedió entre ellos?
Nadie lo ha sabido jamás.
Pero el hecho es que sir James volvió solo a Calcuta, a la hora en que aparecían las primeras estrellas en el cielo magnífico de la India.
Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigió un despacho a lord Ascott, concebido en estos términos:
«Nuestro honor queda satisfecho.—Ella está vengada.»
Al día siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos informes de un cadáver medio devorado por los tigres, cubierto aun con algunos pedazos de uniforme.