Y se sentó en una de las piedras que habían quedado sin empleo en medio de la galería.
Todos sus compañeros lo rodearon en seguida.
—Prestadme ahora atención, dijo, y preparaos a obedecerme sin discutir mis órdenes.
A estas palabras se siguió un profundo silencio. Hubiérase podido oír volar una mosca en el subterráneo.
Rocambole prosiguió:
—Creo firmemente que lograremos salir de aquí. Sin embargo, puedo engañarme en mis cálculos.
—No me lo parece, dijo Marmouset.
—Ni a mí tampoco, pero en fin es necesario suponerlo todo.
—Bueno, murmuró Milon.
—Si no podemos lanzar el peñasco hacia el río, dirigiendo así la fuerza de proyección al aire libre, estamos expuestos a un nuevo hundimiento.