—Y entonces, dijo Vanda, pereceremos todos bajo los escombros.
—Tal vez sí y tal vez no, repuso Rocambole.
Y sonriéndose tristemente, añadió:
—Cuando llegue la hora de poner fuego a la mecha, os iréis todos al otro extremo del subterráneo, y no os detendréis hasta llegar a la sala circular donde nos esperaba esta joven.
Y designó a Paulina con el gesto.
—Pero, ¿y vos, capitán?
—No se trata de mí ahora. Os hablo y debéis escucharme.
Estas palabras fueron pronunciadas con tono duro e imperioso, y todos bajaron la cabeza.
—La explosión tendrá lugar, continuó. Entonces, una de dos cosas: o el peñasco será violentamente lanzado hacia adelante, como una bala de cañon.......
—O seremos todos aplastados, añadió Marmouset.