Por segunda vez, New-Pembleton, la aristocrática morada moderna, se ha visto abandonada por Old-Pembleton, el antiguo castillo de los altos barones feudales.
¿Por qué?
Escuchemos la conversación de las dos personas que hablaban al lado del fuego, en una de las salas bajas del castillo.
—No hay que replicarme, Tom; os lo repito una y mil veces; nuestra ama ha hecho mal en volver a Old-Pembleton.
—Yo no digo sí ni no, mi querida Betzy.
—Y veamos si os place, señor Tom, ¿por qué vaciláis de ese modo entre opuestos pareceres?
—A fe mía, buena Betzy, tan cierto como soy Tom y vuestro cariñoso marido desde hace tres años, que no sabré decir aún si lady Evelina, nuestra noble y bondadosa señora, ha tenido o no razón en dejar primero a Londres, y New-Pembleton después, para venir a encerrarse aquí. Sin embargo, a lo que puedo juzgar según mis cortos alcances, me inclino a creer que ha tenido razón.
—¡Ah!... ¿de veras?
—Bien reflexionado, sí, mi querida Betzy.
—Pues lo que es yo, dijo Betzy-Justice, la joven mujer de Tom,—porque ambos eran muy jóvenes en esta época,—yo me inclino a creer lo contrario.